«Escribí el texto como una oda de amor a mi madre, una manera de decirle, te quiero y gracias»
Mi yaya, que vio la luz como autopublicación en 2024, forma parte desde hace unos días del catálogo de A Fin de Cuentos. Su autora, Begoña Montañés, psicóloga de profesión, escribía, pero nunca había sentido la necesidad de publicar. Hasta que un día su madre enfermó y la urgencia de expresar todo lo que ella había significado en su vida y la de sus tres hijos le hizo sentarse y crear este hermosísimo texto.
-¿Qué te lleva a escribir Mi yaya?
Mi madre siempre me decía que tenía que escribir y publicar algún día. Que era una pena que mis escritos no los pudiera disfrutar más gente. Ya sabes… amor de madre. Cuando la COVID fue una realidad devastadora y nos confinó al mundo entero, tuve miedo real de perderla porque tenia ya una salud un poco frágil. Decidí no postergar para más tarde este sueño y escribí el texto como una oda de amor a ella, una manera de decirle “te quiero y gracias”, mi corazón en forma de páginas.
Eso es lo que me llevó a escribir el cuento, una urgencia de decir te quiero de otra manera.
-¿Por qué eliges como narrador a tu hijo, o sea a su nieto, y no a ti misma?
Este cuento está inspirado en la relación de mis tres hijos Esther, Xavier y Carmen, con mi madre, su yaya. Cada uno ha tenido su vinculo especial con ella. Es muy emocionante ser testigo de cómo a pesar de la distancia (mi madre y nosotros vivíamos en países diferentes), ha estado y está muy presente en la vida de mis hijos. Un vínculo fuerte de amor les une.
Todas y cada una de las cosas que se relatan en el cuento están basadas en la realidad, en cosas que hacían con mi madre, en olores, en lazos de amor, en legado…
Me parecía interesante que el narrador fuera niño y no una niña. Así que elegí a mi hijo Xavier como protagonista. Parece que estamos menos acostumbrados a que sea la voz de un niño que hable de emociones y sentimientos. Normalicemos el hablar de emociones, de ternura y de dulzura … en niños y niñas.

Begoña con su madre, María Elisa Lozano.
-Ella estaba enferma y tú querías que pudiera leerlo. ¿Recuerdas los sentimientos que te embargaban cuando lo escribías?
Fue durante el confinamiento. Viví con bastante angustia ese periodo. La distancia física me pesaba mucho. El miedo a que algo pudiera ocurrirle y yo estar lejos… Mis hermanos estaban muy pendientes de ella, pero mi corazón de hija quería estar cerca del suyo.
Escribí el texto muy ilusionada y determinada. Mi madre, que siempre me había animado a escribir y publicar, tendría un día un cuento escrito por mí en sus manos.
Es la primera vez que escribo y publico. No conocía este mundo, la complejidad del mismo. He tenido la inmensa fortuna de toparme con gente maravillosa en este camino. Mi agradecimiento eterno a la ilustradora Mercè Gali y a la Editorial A Fin de Cuentos por su entrega, respeto y entusiasmo.
-¿Llegó a leerlo?
Sí, llegó a leerlo y tenerlo en sus manos. Fue en las navidades del 24. Volamos a Zaragoza para pasarlas en familia.
Hice una autoedición de unos pocos ejemplares numerados. Todo fue a contrarreloj y no dejaré de estar eternamente agradecida a Mercè y todas las gestiones que, a toque de varita mágica, fue haciendo para que el cuento viera la luz y llegase a tiempo impreso a Zaragoza.
Habíamos alquilado una casa con jardín a las afueras para poder pasar unos días juntos mis tres hermanos con sus respectivas familias y mi madre. Una de las noches después de cenar, le propuse que leyera un cuento a todos los nietos y encantada dijo que sí. Nos reunimos en círculo todos en el porche y Carmen le entregó el cuento.
Empezó a acariciarlo y sonreía diciendo que era muy bonito y alabando la ilustración y los colores… hasta que leyó el nombre de la autora y entonces se dio cuenta de que el cuento lo había escrito yo. Se emocionó muchísimo. Tanto, que fue incapaz de leerlo porque la voz se le entrecortaba de emoción. Entonces, y eso fue lo más emocionante de todo, de manera espontánea, los nietos cogieron el cuento y empezaron a leerlo en voz alta. Cada uno leía un poquito y lo pasaba a otro. Algunos de mis sobrinos habían aprendido a leer hacía poquito tiempo. Fue muy dulce ese momento en el que todos quisieron participar. Todos de alguna manera se sentían reflejados con lo que allí se narraba y creo que mi madre disfrutó de ese momento compartido, de tanto cariño.
-¿Por qué quisiste hacer público un texto tan personal? ¿Qué tiene una historia tan particular para interesar a nuevos lectores?
Como comentaba anteriormente hice una autoedición de unos pocos ejemplares. Mi sueño era que mi madre tuviera un cuento escrito por mí en sus manos y ese sueño ya lo había realizado.
Mercè, la ilustradora, me animaba a buscar editoriales y la verdad es que yo no tenía mucha energía para eso. La poquita que tenía estaba concentrada en saborear cada instante posible con ella cuya salud se deterioraba.
Le pregunté que qué le parecería si intentaba publicar ese cuento. Para mí era importante que el camino del cuento estuviera alineado a lo que quisiera, al fin y al cabo, era su historia. Vi que los ojos sonreían y decía: si crees que esa historia puede servir a alguien… adelante.
Sin duda es una historia personal. Los ejemplos que se narran son reales. Sin embargo, creo que tiene la capacidad de que niños y adultos puedan sentirse identificados con su propio vínculo con sus abuelos. Quizás su yaya no hacía arroz con leche, pero sí que recuerdan la sopa de fideos que les reconfortaba…
Soy psicóloga y a lo largo de los años de práctica clínica he visto a mucha gente sufriendo. Muchas veces cuando quiero poner la mirada en el núcleo, en la verdad de la persona que viene a consulta, en lo que son realmente a pesar de que ya no lo recuerden… Cuando pregunto si alguna vez se han sentido queridos incondicionalmente y sin juicios… ahí, casi de manera inexorable, aparece el recuerdo de una yaya, de un abuelo… La persona generalmente rompe a llorar y comienza a darme ejemplos de mil cosas que ilustran ese vínculo: me iba a la huerta con él, siempre me traía un chocolate, me hacia trenzas despacito, me escuchaba, acudía a todos mis partidos, recuerdo sus manos, el olor de su casa…
Los abuelos son una fuente inagotable de cariño, de sabiduría ancestral, de lazos de amor que se van trenzando. En un mundo acelerado donde parece que la productividad y racionalidad impera, pararnos con calma, leer un cuento y dejarte atravesar por la emoción de recordar un vínculo que para ti fue o es importante, y llenarte de ternura y gratitud… me parece un acto casi revolucionario.

Ilustración del libro Mi yaya
-¿Cómo contactaste con Mercè Galí?
Tenía el texto y deseaba que fuera ilustrado. Tenía claro que quería ilustraciones únicas. Trazo simple pero que captaran la emoción que pretendo comunicar en el texto. No sabía por dónde empezar y decidí seguir mi propio pálpito y empezar por lo que me conmoviese.
Cogí todos los cuentos que tenemos en casa para ver qué ilustrador me gustaba más.
Vi uno que me gustó particularmente. El cuento estaba en francés (vivimos en Bélgica y muchos de los libros que compramos están en ese idioma) así que pensé que la ilustradora de ese cuento sería francesa o belga. Busqué su nombre en internet y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que era catalana. Ni corta ni perezosa la contacté por email compartiendo el manuscrito del cuento y el cuento del cuento, mi historia de por qué quería escribir ese cuento.
Con una generosidad inabarcable aceptó el proyecto. Ella también había tenido una relación muy especial con su iaia y la historia le conmovió. Ha sido una aventura fascinante. Estaré eternamente agradecida por su implicación en el cuento más allá de las ilustraciones. Agradecida también de no sólo haber conocido a una ilustradora maravillosa de trazo expresivo y delicado sino también a una amiga.
-¿Qué han aportado sus ilustraciones a tu texto?
Delicadeza, poesía, ternura… Las ilustraciones no acompañan al texto, lo elevan.
Compartí fotos de mi familia con Mercè y hablamos mucho de anécdotas. Quería que pudiera sentir el trasfondo del cuento, que entendiera la historia de mi madre, las dinámicas familiares… y con todo eso como telón de fondo, hiciera lo que considerase.
Aún recuerdo la emoción cuando me compartió la portada. Con qué delicadeza reflejó a mi madre y su nieto. De qué manera tan sutil la figura de mi madre tenía una corporeidad distinta, abierta a interpretaciones. Algo como una mezcla de nube, ángel y hada… una presencia que acompaña. Las dos sabíamos que desgraciadamente el final de camino de mi madre se acercaba y me pareció valiente a la vez que delicado el poder reflejarlo de algún modo para que la dimensión de “legado” tuviera más presencia. Al final era eso, agradecer a mi madre tanto amor y seguir trenzando lazos de amor.

María Elisa con sus nietos.
-¿Cuál te gustaría que fuera el destino del libro?
Que allá donde llegue, reconforte. Que sea una caricia para el corazón. Que ayude a poner el foco en lo importante, en la transmisión, en los gestos sencillos de amor, en los vínculos.
Que ayude, por qué no, a navegar un duelo cuando el ser querido ya no esté con nosotros…
A mi madre le encantaba leernos cuentos cuando éramos pequeños. Escribía sus propios poemas que nos leía por la noche.
Durante años mi madre fue voluntaria en Aspanoa y leía cuentos a niños afectados por cáncer en un hospital de Zaragoza. En la actualidad cuentan con un ejemplar de la autoedición y me consta que los voluntarios lo leen a los niños.
Me gusta pensar que el cariño y ternura de mi madre perdura no solo en los que tuvimos la inmensa fortuna de conocerla sino también de manera indirecta y un poco mágica en todo aquel que se conmueva leyendo esas páginas.
¡Viva mi madre! ¡Viva la vida! ¡Vivan los abuelos!
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