«Todos tenemos sueños recurrentes, y el mío es que vuelo»

Me puse a pensar en tópicos y di con uno grande, el psicoanálisis y los argentinos, eso de que todos los argentinos o son psiquiatras o se psicoanalizan. Así que le propuse a Laura Wittner, autora del exquisito Dime cómo vuelas -ya en librerías- que se autoentrevistara. Porque quién sabe si de las preguntas que ella misma se pudiera hacer ¿no saldrían respuestas íntimas, tan íntimas, como las que se susurran a los psicoanalistas y que, sin quererlo, nos estuvieran descubriendo las raíces sobre las que se construye toda su obra? Señoras, señores (y todos las niñas y niños que quieran asomarse), Laura Wittner entrevistada por Laura Wittner. 

Laura Wittner

¿Por qué escribís tanto sobre aves?

Eso, ¿por qué? A veces imagino que si alguna vez lo descubro voy a poder desatar varios
nudos. Que hay ahí alguna clave para explicarme cosas. Me la paso observando cómo vuelan los pájaros. Me fascinan, sobre todo desde el punto de vista mecánico. Cómo levantan vuelo, cómo se sostienen en el aire, cómo se posan, cómo aterrizan. Las múltiples maneras. Las distintas posibilidades de llegar de acá a allá y de allá a acá. Los dibujos que puedan trazarse en el aire. Cada cual con su dibujo.
Todos tenemos sueños recurrentes, y el mío, desde muy chica, es uno bastante común: vuelo. Sin alas ni artefactos: carreteo un poco, abro los brazos a modo de alas y me elevo. Otras veces ya estoy en la punta de un árbol, en alguna cima, y simplemente extiendo los brazos y me dejo ir. Siempre pero siempre es un sueño feliz, aunque a veces vuele altísimo y otras planee a unos metros del piso. Desde ahí arriba veo todo con claridad, y me sorprende mi pericia. ¡Con lo mala que soy para la actividad física! Pero volar por mis propios medios mesale muy bien. A veces me poso en ramas o en cables. A veces bajo en picada como los chimangos.

¿Te gusta viajar en avión, entonces?

No, para nada. Estar horas encerrada al vacío junto con un montón de desconocidos me
parece lo opuesto a volar. En cambio me gustaría, alguna vez, volar en aladelta. Creo que es lo más parecido que debe haber a volar como en mi sueño (o como un ave).

¿Sos parte de algún grupo de observadores de aves? ¿O dónde las observás?

No, soy una observadora independiente y amateur. Las miro cuando me pasan cerca: en la calle, en un parque, en el campo; pero sobre todo desde mi balcón. Vivo en un séptimo piso de la ciudad de Buenos Aires. Es un departamento que da al contrafrente, y tengo la suerte de que en los fondos de los edificios que rodean al mío haya árboles altos. A esos árboles llegan chimangos, caranchos, cotorras, palomas, zorzales colorados y cucaracheros. Lo sé con exactitud porque además de mirar escucho, y tengo una aplicación que los identifica a partir de su canto (¡dime cómo cantas!).

El texto tiene idas y vueltas, subidas y bajadas, arranques de velocidad, repeticiones, pausas. ¿Qué intenta reproducir: los distintos tipos de vuelo o los distintos tipos de trino?

Las dos cosas.

 

¿Considerás que se trata de un cuento o de un poema?

Las dos cosas.

¿Qué estabas haciendo cuando te diste cuenta de que empezabas a escribir este texto?

Caminaba sola por la calle Vidal en dirección al Parque Saavedra, en Buenos Aires, y de
pronto tuve una sensación de libertad inmensa. Me pareció que las zapatillas se separaban del suelo. Justo en ese momento vi la escena de las palomas alineadas sobre un cable. Cuando pasé por debajo, salieron volando. No me detuve, pero Dime cómo vuelas se empezó a escribir en mi cabeza.

¿De qué manera las ilustraciones de Marcos Farina modificaron tu texto?

De la mejor manera posible: lo convirtieron en un libro; en un universo. Me permitieron ver eso que hasta el momento escuchaba. Ya ante los primeros bocetos pensé: Marcos también debe volar en sueños.

¿Cuál fue el primer pájaro con quien te relacionaste?

Un canario amarillo llamado Federico. Vivía en una jaula pero a veces salía a revolotear por ahí.

 

Así comienza Dime cómo vuelas: 

Fue así: yo nací fuera del nido.

¿Por qué? Me habré caído.

¿Qué era? Bicho raro.

Un ojo oscuro y el otro claro.

Un poco císnico, algo palómico,

con pico cuérvico y alas gorriónicas.

 

Enseguida se me dijo:

–¿Cómo vas a volar?

–Voy a volar… ¡volando!

Creí que el vuelo era cosa obvia.

Alas tenía, así que listo el pollo.

 

–¿Pollo, entonces?

–Ni pollo ni pocoyo ni grulla ni graja. Lo que quise decir…

Y ahí me piaron de lo lindo:

que en este cielo cada ave

tiene su modo de volar.

¿Quién no lo sabe?

(…)

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