«Los padres deben ser conscientes de que se educa más con la presencia y el testimonio que con la palabra»

Hoy en el blog os traemos una entrevista que le hemos hecho al profesor Joan Domènech, maestro en la escuela Fructuós Gelabert de Barcelona y autor de varias obras sobre la enseñanza y la educación como, por ejemplo, Elogio de la educación lenta. Miradas a la educación que queremosLa educación primaria: Retos, dilemas y propuestas, o La organización del espacio y el tiempo educativo.

  1. Para empezar, me gustaría preguntarle por el concepto de «enseñanza lenta», ¿cómo encaja, en su opinión, este concepto en una época tan acelerada como la que vivimos? 

De hecho, directamente no encaja. La propuesta de educación lenta plantea la necesidad, en una sociedad acelerada, de adecuar los ritmos de aprendizaje a cada alumno/a de nuestras aulas. Parte del principio de que cada aprendizaje necesita su tiempo para “poder ser” y se opone a la idea de repartir el tiempo de la educación en compartimentos fragmentados y estancos.

En este sentido se opone a las prisas, a los currículums sobrecargados, a la idea de cuanto antes mejor… Y reivindica una idea de la educación como un proceso de construcción y reconstrucción de cada sujeto, proceso en el que el ritmo, el itinerario, el camino de cada uno puede ser diferente y ha de estar acorde con la propia identidad del sujeto.

La educación, en plena sociedad del conocimiento, ha de dejar de ser un proceso homogéneo y que puede acelerarse como consecuencia de presiones externas. La educación, cuando no es superficial ni efímera, sino profunda y sostenible, necesita un tiempo que no podemos disminuir ni escatimar.

2.  Usted defiende que en educación «menos es más». ¿Qué quiere decir exactamente con esto? 

En la primera pregunta he contestado algo de esto. Los currículums sobrecargados no producen automáticamente más aprendizajes, sino que conducen al estrés, a los aprendizajes superficiales, o que se olvidan con la misma rapidez que se aprenden.

Menos es más significa, por una parte, que los aprendizajes, para que perduren y se consoliden, necesitan un tiempo de desarrollo largo. Y plantea, también, que en una época como la actual es necesario realizar una labor de selección, priorización y decisión, sobre cuáles son los aprendizajes comunes para todos los alumnos y básicos para su incorporación a la sociedad. Seguramente hemos llegado a la conclusión de que la lista interminable de objetivos de aprendizaje que se van repitiendo etapa tras etapa no puede dar respuesta a las demandas de desarrollo actuales de las personas.

3. Centrémonos ahora en la figura del maestro. ¿Cómo se sienten cuando proponen cambios?

Acostumbro a manifestar que la escuela y la administración escolar padecen de un conservadurismo grande. La razón quizás es cultural, ya que los cambios profundos en los sistemas educativos deben ir acompañados de cambios en las maneras de pensar, en las ideas que sustentan la educación y las relaciones entre los diferentes agentes educativos.

En este sentido el cambio y la mejora, la renovación de la escuela, no es un asunto sencillo y simple, sino de una gran complejidad. Una de las razones se centra en la necesidad de vincular procesos de renovación de la escuela a procesos de transformación social. No queremos mejorar la escuela porque sí, sino porque queremos a su vez transformar la sociedad. Sabemos que la escuela no cambiará la sociedad pero sabemos también que ésta tampoco cambiará sin que cambie la escuela.

El maestro Joan Domènech.

4. ¿Se sienten apoyados por la administración y los padres de los alumnos, o por el contrario, se sienten más bien solos? ¿Cuál es su propia experiencia en este sentido?

La administración educativa antes prohibía la renovación pedagógica, sobre todo cuando se planteaba en profundidad al introducir cambios en la gestión del currículum, democratizando a fondo dicha gestión y revolucionando los criterios y metodologías evaluativas. Ahora, hay una situación de tolerancia. Tolerancia que puede disolverse en los laberintos de la administración gracias a mecanismos colaterales que desorganizan y burocratizan la innovación. La actuación de la inspección, de personas en la administración que no comparten la idea del cambio, nos puede llevar a callejones sin salida o a situaciones no queridas. A veces, un simple aplicativo puede obligar a una escuela a cambiar proyectos que habían sido asumidos por la comunidad, pero que se salían del marco general establecido. Las leyes generales también cumplen un papel conservador y de oposición y trabas al cambio. Y por citar una ley que impide y dinamita muchos proyectos educativos renovadores, me gusta citar la Ley de la Función Pública.

La renovación de la escuela, imprescindible, tiene un punto de rebelión frente a lo que “siempre se ha hecho” con la finalidad de contribuir a mejorar y cambiar mentalidades. Este es un proceso largo, costoso y en el que el camino no siempre es fácil ni cuenta con todo el apoyo de quien debería tener la obligación de hacerlo.

5. En su opinión, ¿cómo afecta a los niños la sobreestimulación a que la que están sometidos hoy en día?

Tenemos la certeza, en la actualidad, de que la sobreestimulación produce estrés y rechazo, por lo tanto, es contraproducente y genera efectos contrarios a los que pretende. Lo que fue una intuición muy potente de maestros y pedagogos en el pasado, hoy nos lo demuestra la neurociencia.

6. ¿Cuál es el peor error en el que se puede caer como padre/madre a la hora de educar?

El peor no sé, porque seguramente dependerá de muchas circunstancias y, en cada niño o niña, el error puede ser diferente.

Uno de los errores importantes es no aceptar que la educación es un proceso largo y dilatado en el tiempo y que los resultados se ven siempre a medio y largo plazo. El segundo que señalaría es ser consciente que educamos más con nuestro testimonio y nuestra presencia que con nuestra palabra.

7.  ¿Y cómo enseñante? 

Me atrevería a pensar en errores parecidos. Pero señalo un tercer error: no aceptar que en el proceso de aprendizaje del alumno, el propio proceso de aprendizaje de cada enseñante es básico.

Para finalizar, me gustaría hablar con usted sobre el hábito de leer. ¿Qué considera  que hay para hacer que los niños se inicien en la lectura y la valoren? ¿Cómo podemos fomentar su gusto por leer?

Volvemos a nuestro testimonio. Seguramente en nuestra sociedad, la sociedad de las prisas, del mando a distancia, de la cultura tecnológica, superficial e hipertextual, no podemos pretender educar en la lectura igual que se hacía hace cien años.

Hay un factor que se repite: si nosotros, adultos, somos lectores, estaremos transmitiendo a nuestros hijos o alumnos, la idea de que leer aporta algún valor importante. Pero hay que aceptar que esta estima a la lectura, hoy tampoco puede tener la misma forma que hace cien años, cuando las culturas se transmitían de forma escrita y en formatos analógicos.

Pienso que lo que hay que ayudar a construir es un gran amor por la cultura en todas sus manifestaciones. Y ello ensanchará nuestros horizontes, relativizará la pérdida de papel del libro y dará una nueva dimensión mucho más potente y creativa a la educación de nuestro alumnado.

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