Si escribir es siempre endiabladamente difícil, escribir para niños es como hacer el pino puente y triple voltereta mortal sin red. Hay que encontrar el tono.

Y encontrar el tono de la narración es complicado.

A veces, no llegas a encontrarlo nunca por mucho que busques.

Entonces vas y te frustras. Porque eres absolutamente consciente de ello, aunque sepas que tirando de oficio puedes disimularlo.

Eso sí, cuando lo has encontrado… ¡ay, cuando lo has encontrado! Ya puedes dormir tranquila. A partir de entonces, es más fácil que las palabras fluyan, solo hay que estar atenta a la música que resuena en tu cabeza. Los dedos repiquetean alegres sobre el teclado.

De todas formas, escribir para niños…, ¿qué significa exactamente? ¿Quiénes son los niños? ¿Forman un colectivo de un solo sentir, de un solo parecer? ¿A quién me dirijo entonces? Si pensamos en una franja de edad, ¿la cosa se simplifica? ¿Acaso todos los niños de 8 años tienen los ojos marrones y un jersey de rayas? ¿Por qué, entonces, pretendo meterlos en el mismo saco, en el saco de los lectores de la escritora que les escribe cuentos? ¿Los niños saben mucho, poco o nada? A los que saben mucho, ¿cómo consigo no aburrirlos? A los que no saben nada, ¿cómo los intereso?

Siendo esto así, ¿por qué la literatura para niños se ha considerado un arte de segunda, cuando no de tercera, dentro de la Literatura? Como diría Dylan, ese premio Nobel tan arrogante que ni se ha molestado en coger el teléfono a los de la Academia sueca, la respuesta, amigo, está flotando en el aire… (pero yo no la pillo).